• Document: La ajorca de oro (Leyenda)
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La ajorca de oro (Leyenda) Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) Este texto digital es de dominio público en España por haberse cumplido más de setenta años desde la muerte de su autor (RDL 1/1996 - Ley de Propiedad Intelectual) . Sin embargo, no todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del mundo. Por favor, infórmese de la situación de su país antes de descargar, leer o compartir este fichero. La ajorca de oro (Leyenda) Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) Gustavo Adolfo I Domínguez Bastida (Sevilla, 17 de febrero de Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece 1836 – Madrid, 22 de en nada a la que soñamos en los ángeles, que, sin La ajorca de oro (Leyenda) diciembre de 1870), más embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus conocido como Gustavo instrumentos en la tierra. Adolfo Bécquer, fue un poeta y narrador Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce español, perteneciente y sólo se encuentran martirios; amor que se asemeja a la al movimiento del felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo para la expiación de una culpa. Romanticismo, aunque escribió en una etapa Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante como todas las mujeres del mundo. literaria perteneciente al Realismo. Por ser un Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. romántico tardío, ha sido asociado igualmente con Ella se llamaba María Antúnez. el movimiento Él, Pedro Alfonso de Orellana. Posromántico. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad  que los vio nacer.  La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los 1 personajes que fueron sus héroes.  © RinconCastellano 1997 – 2011  www.rinconcastellano.com Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor. II Él la encontró un día llorando y le preguntó: -¿Porqué lloras? Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar. Pedro entonces, acercándose a María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó a decirle: -¿Por qué lloras? El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad La ajorca de oro (Leyenda) imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio. María exclamó: -No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada. Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas. La hermosa, rom

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